La palabra "Restaurante"

Recuerdo mi primera vez en Los Arandanos en 1986, memorable. No hacía mucho que había abierto mi despacho en Villablino, y queríamos celebrarlo por todo lo alto: cecina, entrecot , un postre de natillas caseras y un magnífico vino de Rioja. Fue la primera vez que tuve la sensación de sentarme en un restaurante de verdad en Villablino. Con mis amigos y compañeros había conocido muchos en León y en Oviedo, algunos que me habían impresionado, y, la mayoría, chiringuitos, fondas y casas de comidas,  buenos sí,  pero nada comparable a lo que sentí aquella noche con mis amigos en Arandanos. 

Con el tiempo descubrí allí los sabores de la matanza de mi infancia, la sencillez sublime de unas manos de cerdo, las carnes a la piedra que fascinan a mis hijos,  y la MORCILLA, si en mayúsculas, dulce, picante.

Cuesta mucho encontrar grandes restaurantes, para hacerlos se necesita cabeza y un corazón generoso, porque a menudo es muy difícil poder pagar la dedicación y entrega que se respira en ellos. 

La vida y la suerte me han permitido conocer lugares excepcionales, donde la gastronomía es un arte, y un privilegio poder descubrir sus platos, disfrutar con sus vinos, conocer a sus gentes, su cultura, su forma de hacer las cosas. Por eso para mí la palabra Restaurante debería reservarse para aquellos establecimientos que cumplan unos requisitos mínimos, algo exigentes en cuanto a entorno, servicio y cocina. Las categorías turísticas confunden a los usuarios, todo son restaurantes, desde un fast food a la pizzería de turno. Yo creo que ir a un Restaurante es como un ritual, algo festivo, y reservado para algunas ocasiones. Para el día de cada día hay otras descripciones, muy dignas, fonda, tasca, braseria, que se pueden emplear  perfectamente y todo estaría mucho mas claro.